Al salir del café, Ramiro miró la calle y la sintió desierta, fría y ajena a él, como si estuviera en otra ciudad. Si en tantas ciudades se sintió solo, esta era la primera vez que se sentía extraño en su propia ciudad. Era viernes, nueve de la noche. Con pena empezó a caminar hacia su casa, sabiendo que el encuentro frustrado con Daisy era un adelanto de su muerte. Había llegado al café una hora antes, llevando una revista y una rosa para entregarle a Daisy al momento del encuentro, que debió ser, según ella misma lo decidió, a las ocho de la noche. Cuando entró, vio vacía la mesa de costumbre y allí se sentó para esperarla, la ilusión de verla era tanta que no pensó que ella nunca llegaría: no estaba preparado para eso. Pidió un café y mientras el mozo lo traía, contempló las fotos que adornaban la pared, al tiempo que en su memoria repetía el estribillo de una vieja canción que decía “… no es casualidad que tú y yo nos encontremos…” Tiempo atrás, esa canción la envió a Daisy en un correo con la promesa de bailarla en alguna ocasión. Le trajeron el café y empezó a tomarlo. El primer cuarto de hora pasó. Sobre la mesa, al costado de la tasa de café, estaba puesta la revista y sobre esta, la rosa de rojo oscuro, fresca y olorosa. El tiempo transcurría, Ramiro empezó a sentir su soledad y el temor de no volver a verla, pasó fugazmente por su imaginación. Mientras la canción seguía dando vuelta en su memoria, para sobrellevar la soledad, retiró la rosa, abrió la revista y empezó a releer el artículo que escribió sobre su amigo. Quince minutos más y Daisy no llegaba. De donde estaba sentado, Ramiro podía ver con facilidad a través del ventanal, la gente que pasaba por la calle, ninguna era Daisy que venia. Para no caer de lleno en la soledad siguió ojeando la revista, contemplando las fotos de la pared y dando de cuando en cuando un sorbo de café. Pensó que ya había esperado tiempo suficiente y decidió llamarla. Tras otro sorbo de café marcó el número. El teléfono timbraba pero Daisy no respondía, la posibilidad de no verla se iba haciendo real. Esperó un momento, comprobó que había marcado el número correcto y volvió a llamar y tres veces más repitió la llamada con el mismo resultado. Recién entonces, el miedo lo invadió. El miedo de no verla, era el miedo a morir. Daisy había decidido no asistir al encuentro y en un acto de total descortesía, no avisó, ni quiso siquiera contestar las llamadas, nunca entendió que eso, aumentaba la soledad de Ramiro a tal punto, que le restaba las ganas de vivir. Esa noche de verano, se tornó fría por la espera. Pero todos los tiempos siempre tienen un plazo, a pesar del temor, Ramiro no estaba dispuesto a esperar eternamente. Había transcurrido ya más de media hora. En otro tiempo él ya se hubiera ido, pero esta vez, decidió continuar esperando hasta cumplir la hora, era como darse él mismo una opción más, total, ya no faltaba mucho. Para entonces, el estribillo dejó de darle vuelta en la memoria. Guardó el teléfono en su bolsillo, cerró la revista y puso sobre ella otra vez la rosa que ya no estaba fresca, parecía que el temor y la pena también a ella le alcanzaba. Terminó el café, miró el reloj, 8.55 p.m. Estaba solo, cubierto por una sombra de dolor y de recuerdos que, hubiera preferido que esos cinco minutos que faltaban, no lleguen nunca a su fin, para no salir de allí sin posibilidad de regreso. En ese breve tiempo empezó a recordar las cosas que pasó con Daisy: la primera vez que, venciendo su temor, la llamó por teléfono y volvió a escuchar su voz después de casi un mes de haberla conocido, en una reunión de amigos, que duró el tiempo suficiente para darse cuenta que, a partir de ese día lo que le faltaba por vivir, ya no quería que sea sin ella. Recordó la primera vez que tocó sus manos y la vez que, cuando empezaban a conocerse, tembloroso secó con su mano, unas lágrimas que a ella le brotaron del alma, recordando frente a él, un dolor que ya quería olvidar. Recordó la noche que estuvieron frente al mar, las fotos de sus manos, luego la separación, que continuaba en esta espera que llegaba a su fin. Cogió la rosa y la revista, dejo la mesa, se acercó a la caja y tras pagar la cuenta se dirigió a la calle. Ya afuera, se enfrentó a él mismo. Tenía que aceptar la realidad: era un engaño más, de los tantos que soportó en su vida. Se había preparado para amarla, no para perderla. ”Son crueles las mujeres…” Se dijo para si. Nada había cambiado, su soledad lo hizo por un tiempo vivir como real lo que fue una fantasía. Pero ya estaba otra vez instalado en su verdad. Sentirse solo en su propia ciudad aumentaba en él la tristeza de no estar con Daisy. Mientras iba pasando las calles de regreso a su casa, se dio cuanta que la rosa que tenía en su mano estaba muy marchita y la dejó en un tacho de basura, de esos que están en las esquinas. Y siguió caminando lentamente, pensando en todas las cosas que vivió, en el tiempo que se pasa y de pronto nos volvemos viejos y nos tenemos que morir, como esa rosa que acababa de botar, y quedan pendientes muchas cosas por hacer y por decir, como las cosas que pensaba decir a ella y que se quedarán con él eternamente, porque ya para él no habrá mañana. “Son crueles las mujeres cuando no te desean.”
Cuando llegó a su casa, Ramiro pasó directo a su habitación, puso la revista sobre el velador y sacó el libro de poesía que siempre le gustaba releer, lo abrió en la página que él ya conocía y se tendió en la cama para empezar la lectura. Todo era rutina, menos lo que él sentía en ese momento. Para evadir su dolor, para no sentir más su soledad, se fue metiendo en los versos del poema y poco a poco iba creciendo el silencio. Poco a poco la oscuridad era más grande. El camino que eligió para escapar de todo ya no tenía regreso. Y así se quedó, viajando solitario en el silencio, donde el amor no se miente, donde los encuentros no se quedan frustrados, y la entrega de cosas sí se cumple. Al salir del café esa noche, Ramiro ya sabía su final, por eso abrió el libro de poesía donde estaba el poema que lo explicaba todo: “Women seem wicked when you’re unwanted…” (J. Morrison)
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